El vuelo final
Venimos en la noche. Rompimos y pateamos la puerta, hurgamos en el escritorio y tomamos todos los papeles. No hay lugar para quienes dudan la palabra del General. Tiramos un saco negro sobre tu cabeza, y te tiramos al suelo. Y mientras tu mama grita, te agarramos. Te convertimos en unos de ellos. Un desaparecido.
Cuando era niño, quería ser un piloto. No sé por qué, quizás porque tenía una idea romántica de los pilotos que nos salvaron durante la guerra mundial, o porque jugué con los aviones en miniatura demasiado. Era un niño tonto. Ahora, yo sé mejor. Sé que la única opción para mi fue unirme a la junta y ser soldado, o morir. Aunque era demasiado menor para recordar la primera vez que los militares tomaron el control, recuerdo la inestabilidad y la pobreza que quedó después de un presidente débil. Recuerdo las noches de hambre, cuando me eché, tiritando, en la cama que compartía con mis hermanos, mi estómago un hoyo vacío que gruñía en la tranquilidad de la noche. Por lo que cuando la junta intervino otra vez y depuso a la mujer que no debía estar en el poder la primera vez, sabía que solo un hombre estúpido no se amoldaría. Y no soy estúpido.
—¡Escúchame! ¿Qué pasa, che? Hace cinco minutos que estoy hablando y nunca me respondes.—Martín me empuja con la mano abierta.
—Nada, nada. Dale, cuéntame otra vez.—
Por alguna razón, le mentí a Martín. Sé exactamente lo que me molesta, pero no puedo contarle. Aunque palabras como “amistad” no tienen lugar en la vida de la junta, Martín es lo más cercano que tengo a un amigo. Me siento tentado a decirle, pero decido contra ello. ¿Cómo explicaré la punzada de dolor que sentí cuando vi a mis padres al otro lado de la calle, y la mirada de asco que me dieron cuando vieron lo que tenía en las manos? ¿Cómo justificar el momento de duda que tuve cuando mis ojos se toparon con los ojos de mi padre mientras arrastraba a un joven desmayado a la camioneta militar? Soy un soldado, y los soldados no tienen dudas. No sienten arrepentimiento por hacer su trabajo, el trabajo del gobierno. Y, ciertamente, no permiten que la opinión de un profesor, de un intelectual, afecte el trabajo. Aun si este intelectual fuera su padre.
No sé que pasa con las personas que llevamos al aeropuerto en la camioneta. Los vuelos de la muerte, los llaman nuestros enemigos. Terroristas, nos llaman. Lo que no entienden es que la violencia es una necesidad cuando los opositores nos resisten. Propagan la mentira de que tiramos a los hombres afuera del avión desde el aire, pero ellos son los mentirosos. Ellos son los terroristas
Me acerco a la puerta de la casa de mi niñez. Mis padres todavía viven allí, demasiado tercos o demasiado pobres, no sé cuál de los dos. No he estado aquí desde que anuncié que me unía a la junta, y mi padre me cerró la puerta en la cara. Si no tuviera noticias importantes y respeto por mi madre, no estaría aquí. Ella abre la puerta y veo líneas y arrugas en la cara que no estaban allí la última vez que la vi. Su pelo moreno tiene mechas de gris nuevas, y los ojos ensanchan cuando me ven.
—Hijo…—ella empieza, pero pausa cuando mi padre aparece en la entrada.
—¿Qué haces? ¡No estás bienvenido aquí!—La empuja detrás de él.—No queremos nada que ver contigo, ni estos cerdos jodidos con que trabajas. Sois asesinos, y eres ciego a no verlo. No eres un hijo mío. ¡Vete!— Su cara vieja enrojece con cada palabra y en la última comienza a cerrar a la puerta. Clavo la pie antes de que pueda hacerlo, y cojo la muñeca de mi madre.
—He sido promovido. Ahora, no soy solo un soldado. Soy un capitán. Pienso que debes saberlo.—No espero que hable.—Adiós, mamá.—
Mientras que me marcho, actúo como la cara boquiabierta y conmocionada de mi madre no me persigue. No permitiré que las ideas de mi padre me afectan, pero no puedo eludir la poquita de duda que me molesta. Tengo una misión esta noche, y rechazo pensar en el corazón roto de mi mamá o las palabras de mi padre.
En la noche, Martín, yo y el resto de mi pelotón llegamos a una casa pequeña y blanca. No me parece como una casa de terroristas, pero ésta es la dirección que el general me dio. Hemos instruidos a recolectar todos los papeles y los terroristas. No sabemos cuál es su crimen, y no pregunto. No quiero saber si mi padre tiene razón. No quiero descubrir si el nombre de terrorista pertenece al hombre incorrecto.
Botamos la puerta, y una mujer grita. Tomamos todos los papeles, y algunos de nosotros corren por toda la casa. Reaparecen con un hombre atrapado entre los brazos de dos soldados. La mujer grita otra vez y corre hacia su esposo. Cae al suelo, sollozando.
Ellos son terroristas. Me dicen que son terroristas. Pero esta mujer no me semeja como una terrorista. Ahora en el suelo y lamentándose por la destrucción de su casa, me parece muy joven. No puedo creer que esta mujer merece castigo. No en su condición. Vacilo y Martín me da una mirada extraña. Abierto mi boca, pero el general que está acercando a la casa habla.
—¿Embarazada? Interesante. Soldado, ¡no la ponga en el avión, mejor en el campo de prisioneros!—Dos soldados atrapan rudamente a la mujer y la transportan al camioneta mientras que el general siga.
En nuestro camino de regreso a base, Martín e yo nos quedamos silenciosos. Todavía puedo ver la mujer y oír sus chillados. A veces Martín me mira con una expresión reflexiva en la cara. Por fin, él habla.
—¿Por qué titubeaste antes en la casa? No arrestaste a la mujer aunque el general nos dijo que era terrorista.—
Esta vez, decido no mentirle.—No entiendo porque le arrestaron. Ella estaba embarazada, no puede ser peligrosa. Su única crimen es estar casada a un criminal. Y ahora, ya no estoy seguro que los terroristas son terroristas como nos dicen.—
—¿De dónde viene esto?—Me mira con incredulidad. —Alguien que pelea contra la junta es un enemigo del gobierno. Especialmente los intelectuales.—
—¿Pero la mujer? Es malo. Está embarazada…—
—Y el bebé crecerá en una casa buena. Después de todo, oí que la esposa del general quiere un niño.—
Martín habla tranquilamente, como si discutiera el tiempo y no el secuestro de un bebé. Me siento que este Martín fuera un desconocido. Por la primera vez, me doy cuenta que aunque nos ponemos uniformes similares, Martín y yo no estamos el mismo.
Vinieron en la noche. Rompieron y patearon la puerta, hurgaron en el escritorio y tomaron todos los papeles. No había un lugar para quienes dudaron de la palabra del General. Tiraron un saco negro sobre mi cabeza, y me tiraron al suelo. Y mientras mi mama gritaba, me agarraron. Me convirtieron en unos de ellos. Un desaparecido.
Podía sentir el aire corriendo en el avión cuando abrieron la puerta, y podía oír el viento mientras flotamos miles de kilómetros encima de la tierra. Podía ver la cara de Martín, distante e impasible, y podía saborear mi terror. Podía captar un destello de mis padres, con mordazas en sus bocas y miedo en sus ojos.
Cuando era niño, quería ser un piloto. Y ahora por fin, estoy volando.